Eusebio Leal habla del Maestro: Martí es la fuerza salvadora

Publicado: 28/01/2013 en Historia
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Por: Ana Ivis Galán García y Lisandra Romeo Matos:
FUENTE: AIN

Un tema urgente convocó la invitación y bien pronto, el doctor Eusebio Leal, Historiador de La Habana y Profesor Emérito aceptó. Le ocupan todo su tiempo el trabajo, los deberes, sus anhelos y sueños, pero Martí le apasiona.

Intervendrá en la ya cercana Tercera Conferencia Internacional Por el Equilibro del Mundo, del 28 al 30 de este mes, en el Palacio de Convenciones de La Habana.

Una alta representación internacional distinguirá este evento. ¿Por qué cree Usted que se ha logrado reunir tan excelsa participación?

A mí me parece que es resultado del trabajo consagrado y amoroso de Armando Hart, al frente de la entidad que él dirige (el Centro de Estudios Martianos).

Hart ha puesto en ello toda la experiencia de su vida como hombre político, la total tenacidad de su carácter, y ha subordinado al ideal martiano todos los dolores y sufrimientos que la vida le reservó.

También es muy decisivo, yo diría que determinante, la importancia que le otorgan Cuba y la intelectualidad de la Isla, y mundial, al pensamiento martiano en este momento que vive el país y el mundo.

Martí es la fuerza salvadora, porque es el pensamiento más coherente. Sus ideas, fuente de inspiración, punto de partida y fundamento, junto a las de Fidel y su visión del mundo futuro, de Cuba y de América, y de su sentido del internacionalismo, son los dos pilares del arco sobre el cual se sostiene la esperanza de nuestra nación.

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.- ¿Comparte Usted la opinión de que se ha logrado internacionalizar el ideario martiano?

Es que así siempre fue. Martí se quejó y previó el secuestro que podría hacerse de sus ideas para reducirlas a un proyecto casi aldeano.

Pero desde el Manifiesto de Montecristi dejó dicho y aclarado para qué quiere Cuba su independencia y cuál es el su destino. Lo que coincide mucho con el pensamiento de Céspedes, expresado en el Manifiesto a las Naciones, después del Alzamiento del 10 de Octubre: “Cuba quiere ser una nación libre para extender una mano generosa”. Así dijo el Padre de la Patria a todos los pueblos del mundo.

El llamado a romper el valladar que el mar pone y hacer que esas aguas unan y no separen, fue idea de Martí. Por eso instaba a los fieles de la balanza en Las Antillas, lugar donde, según su visión, debía resolverse el equilibrio aún vacilante del mundo. De ahí el motivo y nombre de este evento.

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.- ¿Cuánto cree que puede aportar esta Conferencia Internacional a los esfuerzos por la salvación de la humanidad?

Todo tiempo fue difícil. Toda la historia de la humanidad es un arduo paso por un sendero, por un largo camino.

Con el desarrollo de la alta tecnología, de las comunicaciones, de las fuerzas opresivas y proimperiales, pareciera que en ese progreso las conciencias populares en determinado momento han quedado como abatidas, pero después renacen con mucha fuerza.

Cuando se quita la cáscara de caramelo con que se pretender adornar, a veces, la punta del puñal, entonces los pueblos reaparecen.

Y lo vemos en las imágenes de todas partes del mundo, en las manifestaciones de los trabajadores, de los jóvenes sin empleo, de las masas indignadas de los países más desarrollados, fundamentalmente en Europa.

Lo vemos en sus banderas y muchas veces cuando aparece, por ejemplo, la imagen del Che, que ya no es solamente una figura para colocar en pulóveres, o esferas de relojes, ni en propagandas comerciales.

Es mucho más profundo. La gente intuye que en él hubo consecuencia, sacrificio, abnegación, vocación de pobreza, de solidaridad y, sobre todo, que hubo vida dada y entregada, y eso lo unió mucho al espíritu del Apóstol.

Martí se desprendió de todo, pudiendo haberlo alcanzado todo. Lo tenía todo: cultura, conocimiento de otros pueblos, dominio del idioma y otras lenguas, magnífico como pocos en su tiempo y, sobre todo, sensibilidad, humanidad.

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.- ¿Cómo ve Usted a Martí? ¿Y cómo debemos verlo los cubanos?

Ocurre que todos hemos contribuido, alguna vez, a convertir en mármol y bronce a los héroes, a considerarlos puros e infalibles, hemos querido que sean la imagen de nuestro ideal más que de la vida real.

Yo pienso que lo más hermoso de Martí es su sufrimiento agonal por su patria, la incomprensión familiar, su fracaso matrimonial, sus problemas de salud que supo enfrentar -pero que a veces fueron avasalladores-, y el deseo y voluntad de unir.

A pesar de que algún contemporáneo ha señalado que era de carácter impositivo, absolutista, irascible, pero es que para dirigir a un pueblo como el cubano en aquellas terribles circunstancias ¿hasta qué punto no se podían tener esas cualidades?

No podemos imaginarlo desvanecido, oliendo el perfume de una rosa. Tenemos que verlo siendo así y a la vez expresando las más nobles emociones en su poesía sentimental y amorosa, en sus cartas.

Fue Martí también como el poeta Rilke (Rainer Maria, quien fuera además novelista austro-germano nacido en Praga, capital de la República Checa, y reconocido como el más importante escritor en lengua alemana), herido por la espina de la incomprensión, del chisme, de las habladurías, de la disolución de las ideas.

Pero él es el Apóstol de la unidad, el que logra en principio ese objetivo, aunque no consigue alcanzarlo. Quizás el mérito más grande de Fidel como martiano, al colocar en la base del proyecto del Moncada el pensamiento de José Martí, es haber conquistado la unidad nacional.

De ella estuvieron privadas las generaciones anteriores. Fuimos formados como cespedianos, maceístas, agramontinos, martianos, y solo la Revolución hizo posible experimentar ese sentimiento de unión y entender que todo el que sirvió es sagrado -en especial el Héroe Nacional- y lleva una estrella en su frente que ni su propia ignominia posterior puede borrar.

Por ahí está el concepto y la importancia de conocer su férrea voluntad. Martí muere como soldado de la Revolución que él mismo había convocado, cuando muchos opinaban que debía irse de Cuba. Es más, algunos creen que el sentimiento mayoritario de los jefes principales indicaba que Martí era más útil allá que aquí.

Y él discrepaba de eso, opinaba que en la Isla tenía una labor que realizar como garante, como rehén político, para asegurar que nunca volvieran las oscuras sombras del pasado y que la desunión no hiriera nuevamente a la Revolución.

Por eso quería ir a Camagüey, por ejemplo, y constituir allí un órgano político y dinámico, ejecutivo, que fuese a la par de la guerra que debía ser generosa, victoriosa y rápida, para impedir tres cosas: la movilización militar española, que fue terrible, la mayor jamás vista en esta latitud del mundo y en lucha contra todas las independencias juntas.

Segundo, la intervención norteamericana, alerta que dejó recogida en la carta a su amigo Manuel Mercado cuando dice: “lo que hice hasta hoy y haré es para eso”, y en esta decisión fue absoluto.

Y lo tercero, el desgaste del pueblo y del ejército en una batalla que sería sangrienta contra un adversario que no podía darnos democracia ni libertades, porque era todavía el régimen despótico que privaba a su propio pueblo -el español-, de esos derechos.

Martí se adelanta a todo ello, y va a la lucha y viene a su patria por eso, contra muchos criterios. Incluso, hay un momento en el que él dice: “vengo a Cuba como preso” y añade: “y a que me echen fuera,” porque se da cuenta que todavía no ha calado ni cristalizado en todos la idea de que el camino era la lucha armada.

En ello radica su extraordinaria genialidad. La virtud que lo distingue de ser uno más es la capacidad que tuvo de anticiparse a su tiempo, y para esa unidad trabajó con fervor.

Luego, tristemente vio cómo por hechos circunstanciales y cuestiones a veces banales y por falta de comunicación, se empieza a romper ese cuadro.

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.-¿Cuánto más cree que puede aportar Cuba a los esfuerzos de equilibrio y salvación?

Siempre y cuando, en este momento, sea capaz de ser original, de renovar las mentes de los cubanos, tanto de la dirección política como del pueblo, al seguir las indicaciones que ha trazado, con mano firme, la dirección de la Revolución, y el espíritu del Congreso del Partido y sus Lineamientos de la Política Económica y Social.

O se cambia la mentalidad y se hace un socialismo original, reconstruido sobre la base de nuestra propia tradición y tomando como experiencia los errores ajenos y los nuestros, o no hay nada para nadie. Por eso es que Martí es tan importante.

Nos hemos salido ya de muchas cosas: del maniqueísmo, de la fragmentación de pensamientos, de los niños que hacen discursos como viejos, y de una serie de aspectos y mentalidades que reducen el concepto de la revolución social a una mecánica de laboratorio.

El socialismo en Cuba fue originario y creativo, como clamaba Mariátegui (el peruano José Carlos), uno de los más grandes pensadores marxistas de América y del mundo, pero también sufrió la manía de copiar lo que hacían otros.

En algunos momentos recorrimos necesarios extravíos, como dijo el Apóstol, pero fue para alcanzar nuestro propio camino. Y pienso que hoy el país está en la posición exacta para lograrlo, es más, estamos en una coyuntura particular.

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.- La Conferencia dedicará un momento especial a los jóvenes, nacionales y extranjeros. Si tuviera que extenderles un mensaje, ¿qué ideas, qué valores del ideario martiano les transmitiría?

La juventud siempre está por conquistar, esa generación comprometida no es otra cosa que la vanguardia, la punta de la flecha y, por tanto, le toca a ella, en el vuelo, arrastrar el vástago y guiarse por el timón de las plumas.

Pero la juventud, aún la organizada, es sólo la vanguardia, nunca una organización de masas.

¿Cómo transmitir, entonces, a esa multitud el sentimiento?, ¿cómo arrastrarla?, ¿cómo superar la decepción, el comercialismo, la invasión de la propaganda de otras formas de vida, sin explicarles cuál es el precio que hay que pagar por ellas?, ¿hasta qué punto nuestro discurso a veces resulta repetitivo, aburrido e insufrible para los jóvenes?

Por eso existe la necesidad de un cambio de mentalidad y de renovación, sin temor alguno, porque la Revolución ha sido lo suficientemente poderosa como para resistir todo a cuanto se ha enfrentado.

Hoy existen condiciones internacionales en América Latina que son más favorables, casi mucho más que en ningún otro momento. Ahí están los pueblos buscando cada uno su sendero y mientras más original sea, mejor.

Un camino es el de Ecuador, en el centro del mundo, proclamando el Socialismo del Siglo XXI. Otro es el de Bolivia, buscando el suyo con el presidente Evo Morales y defendiendo el lenguaje de los pueblos ancestrales. Otro es el camino de la Venezuela bolivariana, aunque pasemos ahora por un trago amargo.

Y escúchese bien, en cualquier caso lo único que hay que hacer es seguir al pie de la letra lo que dijo el presidente Hugo Chávez al dirigirse a su pueblo antes de partir a La Habana: en una mano la Constitución y en la otra la espada de Simón Bolívar. Esa es la ruta a seguir, no hay otra fórmula.

¿Y qué opina Usted del aprendizaje que hace hoy la juventud cubana del ideario martiano?

Entre las cosas en las que se debe profundizar y debemos cambiar está el trabajo en la escuela, a todos su niveles.

Mientras más se acerque a nuestros jóvenes a Enrique José Varona, a José de la Luz y Caballero, al padre Félix Varela, estaremos más próximos al camino verdadero. Ellos fueron puntos de partida, los asideros morales de Martí.

Es importante, también, tener clara la idea de que el maestro no suple a la familia, esa célula que hoy todavía tiene muchos problemas de disgregación y de autoridad para educar en la casa, lo cual se refleja en las manifestaciones de grupos gregarios y las llamadas tribus urbanas.

Fenómenos que no me asustan, porque ese es un mundo a conquistar más que a condenar. Es más fácil quemar que educar. Yo siempre insisto en que no debemos dejar de hablar, de enseñar, de sumar.

Igualmente, de parte de los jóvenes tiene que haber un interés por el saber y la búsqueda constante de la verdad. No se pueden conformar con lo que oyeron o les contaron, tienen que investigar y leer.

Por eso digo: un Martí fragmentado no. Vamos a descubrir al patriota, al amigo, al orador político, al hombre de amores, al hijo doloroso, quien a pesar de todas las incomprensiones logró conquistar a su padre, hombre rudo con el que supo establecer, sin embargo, una comunicación tal que lo llevó a escribir: “Mi padre ha muerto y con él, parte de mi vida”.

Hay que leer, revisar su epistolario, como el que dedicó a su madre que siempre fue sufrimiento y dolor, y a quien redactó la carta más bella que nunca se escribió: “Hoy 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensado en usted”…

Fue Martí, además, padre espiritual de muchos. Ahí han están los mensajes a su hijo, a la niña María Mantilla. Estudiemos su obra toda y hagámoslo sin prejuicios, sin olvidar nunca que él, como nosotros, fue un hombre, un ser humano sujeto a error, a equivocaciones, y que hizo malas elecciones. Pero hay que indagar, para ver que en esa búsqueda de su humanidad está la verdadera grandeza de Martí.

Creo que los jóvenes tienen esa posibilidad. Nosotros hemos tenido la fortuna de conservar siempre en la intelectualidad cubana verdaderos martianos, extraordinarios, como Cintio Vitier, un gran maestro de generaciones y quien, a diferencia de muchos, mientras se hizo más maduro, más viejo, fue más radical y revolucionario.

Para mi generación, que estaba desprovista de toda oportunidad de alcanzar grandes objetivos, no existía el camino expedito, pocos llegaban a ser algo y si lo lograban era con mucho trabajo e infinitos esfuerzos. Fue la Revolución la que abrió todas las posibilidades y entre ellas el don inefable de la cultura.

En cambio, nosotros, antes de 1959, luchábamos por conseguir la entrada para ir a un gran concierto en el teatro Auditórium (hoy Amadeo Roldán), o por asistir a la conferencia de una personalidad. Entonces se reunía una gran cantidad de jóvenes, quienes formaban la vanguardia de la sociedad cubana, algunos con pensamiento radical, otros más conservadores, pero todos defendían una realidad: el diálogo perenne entre los orígenes y nuestro tiempo.

No olvidemos la idea de Fidel cuando dijo algo que es una gran verdad: “las revoluciones solo son hijas de la cultura y de las ideas”. Si no hay cultura no hay nada que hacer.

Y sin que caiga yo en el hábito mezquino y viejeril de empezar a decir que los jóvenes de hoy están perdidos o no les interesa nada, sí noto que falta más por hacer y una mejor propaganda.

Se necesita que el liderazgo de la vanguardia aliente a los demás a la altura, a los conciertos, a la comunicación, a la meditación, dentro de una sociedad plural que es, hoy, menos hermética y donde tienen cabida todos los matices del ser, de la opción y del género.

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