¿Por qué no hay una rebelión social en España?

Publicado: 10/02/2013 en Sociedad
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Por: Manolo Medina
fuente: Trabajadores.

Según datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), divulgados en diciembre último, el 60 % de las personas consultadas asume que la crisis tiene aún mucho trecho por delante.

Como si se tratara de un impetuoso tsunami, el pesimismo está arrasando a la sociedad española. La mayoría de los encuestados tiene la convicción de que en el curso del próximo lustro se producirá en España una auténtica catástrofe.

Esta percepción de la ciudadanía está fundamentada en razones muy claras: aumentarán las dificultades para poseer una vivienda, se acrecentarán las diferencias sociales, crecerá el número de personas sin hogar, y como ha comenzado a hacerse evidente, la pérdida de calidad de la asistencia sanitaria y el deterioro de los servicios básicos que habían sido otrora soportes del denominado “Estado del bienestar” serán cada vez más acentuados.

Según la pesquisa, el 60,9 % de quienes permanecen desempleados consideran que no tienen ninguna posibilidad de encontrar un trabajo a lo largo del año 2013, mientras solo alrededor del 30 % de las personas en paro auguraron que podrían conseguir emplearse en el curso de los próximos 12 meses.

Pero el pesimismo social no solo cunde en las filas de quienes no reciben un ingreso mensual a cambio de su trabajo. El 16,9 % de aquellos que siguen trabajando apunta como algo probable la pérdida del empleo en el curso del presente año, a la vez que el 5 % de ellos lo considera muy probable.

¿Por qué no se produce entonces un estallido social? Sencillamente, una buena parte de los habitantes del Estado español han asumido con resignación la situación existente, hecho que nos sitúa ante una perspectiva en la que los actores sociales no articulan voluntad alguna para cambiar la realidad que los machaca.

El estado de ánimo que hoy domina al conjunto de la sociedad española es la expresión de un largo vacío político y organizativo que se ha prolongado durante los últimos 35 años. A lo largo de este período la gran mayoría de los ciudadanos, y particularmente sus generaciones más jóvenes, no han encontrado referentes políticos ni sociales que los ayuden a interpretar la realidad que están viviendo y mucho menos los precedentes históricos que los han colocado en la situación actual.

Hoy conviven dos generaciones que afrontan inermes, sin instrumentos de análisis, sin herramientas para la acción, una crisis sin precedentes en la historia de nuestro país. Y aunque ahora con cierta lentitud, miles de jóvenes empiezan a romper con la atonía política precedente, a cuestionar el sistema político y económico resultante del llamado “consenso de la transición”, el conjunto de la ciudadanía, incluida la clase trabajadora, continúa refugiándose en el fatalismo de la resignación como única alternativa a sus males presentes.

Los asalariados no están apercibidos tampoco de su poder como clase, de su capacidad para ser sujeto determinante de los cambios que reclama dramáticamente el momento presente. No es esta una situación nueva, sino una sensación de incapacidad inducida tan vieja como la historia. Gracias a ella las clases sociales menos numerosas han podido ejercer durante siglos su dominio omnipotente sobre las mayorías desposeídas.

Tampoco es la consecuencia de una especial idiosincrasia de las actuales generaciones, como pretenden argumentar algunos. Quienes alcanzaron su uso de razón después de desaparecido el dictador, no solo heredaron la desmemoria programada sobre las luchas y horrores del pasado, sino que también se les impuso cuál debía ser el régimen político del futuro. Reprocharles pues a los más jóvenes su actual desorientación política es, además de una injusticia histórica, una incalificable expresión de cinismo.

La razón de las presentes debilidades es preciso encontrarlas —entre otros factores que ahora no vienen al caso— en la traición de las organizaciones políticas y sindicatos que tenían como cometido el cuestionamiento permanente de un sistema caduco, cuyo destino ha debido ser siempre su destrucción. Quienes ostentaban formalmente la representación de las clases trabajadoras se integraron progresivamente al sistema desigual establecido, legitimando de esa forma su existencia.

En la historia, como en la vida personal, las renuncias de ayer terminan, tarde o temprano, pasando inexorablemente la factura. Y esa es la que hoy todos estamos pagando.

*Profesor y periodista español, responsable del semanario digital Canarias-Semanal.org, una de las publicaciones que más ha fustigado las políticas antipopulares de los Gobiernos de Europa.

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