El Hugo Chávez nuestro

Publicado: 15/03/2013 en Politica
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HugoChavez

Esteban Morales • La Habana, Cuba

Si me preguntaran: ¿qué les dejó Chávez a los revolucionarios de hoy? Diría que nos dejó un nuevo modelo de revolucionario.

¡Cuánta falta nos hace hoy un nuevo modelo de revolucionario! Un revolucionario que no parezca nacido del tronco de una ceiba, sin familia, sin esposa, sin hijos, que prodigue amor públicamente, que no separe al político del ser humano, que sea capaz de reír, sufrir y llorar, que sea padre, hijo, hermano, esposo, que sea como el  hombre común que se equivoca  y rectifica y no tenga a menos mostrar públicamente todas esas facetas de su personalidad, que lejos de hacerle perder el respeto de su pueblo, lo acercan más a él.

Chávez demostró que para ser revolucionario no hay que ser marxista ortodoxo, ni ateo, ni tener un esquema ideológico infalible, ni odiar al enemigo sobre todas las cosas. Que todas esas fuerzas  sería preferible emplearlas en amar al ser humano.

Que la mejor forma de derrotar al enemigo es con amor. Es tirándoles encima todo el amor que puede generar un pueblo al que no se les dice “haz lo que yo digo y no lo que yo hago”. A un pueblo que se le dice “hacer es la mejor manera de decir”.

Chávez  demostró que lo más importante para ser revolucionario, no es ser experto en política, ni saberse las obras de los clásicos de memoria, sino llevar dentro un ser humano integro, distribuidor de afectos, cariños, reconocimientos de lo humano, respeto por los demás, sensibilidad por la desgracia ajena. Chávez nos enseñó que  lo más importante en política no es prometer riquezas, ni siquiera llenar las manos de ellas, sino llenar de esperanzas reales y realizables el corazón de los demás. No es que Chávez haya dado tanto y solucionado tantos problemas en poco tiempo, sino que el pueblo adquirió una confianza, que no diferencia lo que recibió de lo que sabe que puede recibir de sus propios esfuerzos.

Porque Chávez no repartía peces, sino enseñaba a pescar;  porque no repartía panes, enseñaba a producirlos, porque no pregonaba esperanzas, enseñaba los caminos para hacerlas realidad. Porque simplemente no prometía, llevaba la promesa en las manos.

¿Cómo explicar que los actos de despedida de Chávez hayan resultado ser los más concurridos realizados  a un jefe de estado en este hemisferio? Esto solo se explica por su propia personalidad de hombre sencillo, amoroso, respetuoso, que desplegaba un trato hacia su interlocutor que lo hacía sentirse persona atendida, inmediatamente querida y apreciada, como si la amistad hubiese comenzado años atrás, mucho antes de conocerse.

No había en su trato un átomo de hipocresía, de atención por mera consideración política. La política en Chávez no tenía personalidad propia, estaba dentro de la relación personal amistosa, como parte consustancial al trato humano, familiar, preocupado, que desarrollaba con su interlocutor. Lo cual explica que aun personas que no podrían  nunca ser consideradas como políticamente cercanas, lo apreciaran y respetaran como hombre, más allá de diferencias políticas e ideológicas.

Es que Chávez en su relación con los demás allanaba el camino para intercambiar sobre cualquier asunto por muy complicado y controvertido que este pudiera ser. Por lo cual, en la conversación, afloraban con claridad los puntos comunes y los de controversia, sin necesidad de ocultamientos o subterfugios de ningún tipo. No hay noticias de que en ninguno de los diálogos que desarrolló, surgieran nunca discrepancias, puntos de vista, contradicciones de opinión que no hayan podido ser discutidas e incluso resueltas. Parece que para Chávez existía la profunda comprensión, de que en un mundo amenazado por tantos peligros, razonar de común sobre estos, era una  plataforma infalible para entenderse con cualquier interlocutor, más allá de ideologías, intereses nacionales, limitantes o contradicciones de cualquier tipo, siempre que se apelara a la naturaleza humana, a la parte positiva que no pocas veces es posible encontrar.

Chávez tenía todas las características del hombre capaz de ganarse la confianza de su interlocutor, de las masas y aun de los que no compartían sus ideas, ni hubieran seguido sus programas. Pues el respeto que inspiraba, por la fuerza de sus convicciones, la sinceridad, la lógica aplastante de su discurso, la pureza de sus ideas, abierto, carente de trastiendas y segundas intenciones, hacía  imposible no sentir respeto por él, ante el peligro implícito entonces de no respetarse uno mismo.

Por ello considero que la fuerza  más impactante de la personalidad de Chávez consistía en que ponía a su interlocutor y al pueblo, ante la obligación de respetarse a sí mismo. Por lo que una persona que no siguiera su ética, su sinceridad y el respeto por lo demás, con que Chávez se comportaba, inmediatamente quedaba descalificada para entenderse con aquel hombre, que sin proponérselo explícitamente, exigía de los demás ni más ni menos, que lo que exigía de sí mismo. Y lo que exigía de sí mismo era demasiado alto para no corresponderle.

No es difícil entonces entender que Chávez no ha muerto sino que se ha multiplicado; que sus ideas y su ejemplo se expanden, penetrando en las vidas de millones de venezolanos y de millones de personas en el mundo, que lo ven como un camino a seguir generando esa bella consigna de “Yo también soy Chávez”.

Por eso digo que en medio de este mundo plagado de peligros, Chávez nos legó con su ejemplo, el modelo de revolucionario que nos puede guiar hacia la solución de los problemas, hacia los niveles de  solidaridad, amor y confianza que debemos generar para salvar al mundo, del hambre, de la destrucción ambiental, del holocausto nuclear.

 

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